En 2001 la Editorial Alfadil (Caracas) publicó el primer libro de relatos de Aldo Macor, titulado Venezuela, ¡qué vaina!, donde el autor narra su experiencia de 50 años en Venezuela y algunos sucesos de la Italia de su juventud.

A continuación hemos colocado algunos de estos relatos, referidos específicamente a su experiencia como escultor. Usted puede bajar la historia completa en formato PDF, haciendo clic aquí.


• Los clientes «a-lo-mejor» y las clientas
con aspiraciones a lo Paolina Borghese
• Un recuerdo para la mesita de noche
• La Paternidad en Puerto Ordaz y San Pedro en Roma
• Los Santos Testículos
• El Presidente y el Emperador

 

LOS CLIENTES «A-LO-MEJOR» Y LAS CLIENTAS CON
ASPIRACIONES A LO PAOLINA BORGHESE (fragmento)


Los clientes «a-lo-mejor» son esos que le anuncian a uno por teléfono:

–A lo mejor caemos por su estudio durante el fin de semana. Usted está siempre ahí, ¿no?

Esos venezolanismos de aproximación «mas-o-menística» me han irritado siempre. Por suerte Venezuela tiene muchas otras compensaciones, pero ese «a-lo-mejor» y ese «durante-el-fin-de-semana» genérico, sin precisar ni el día ni la hora probables, me exigen quedarme clavado en casa desde el sábado por la mañana hasta el domingo por la noche, mantener el estudio en orden y tratar de impedir que mis nietos lo despedacen todo, con lo cual arriesgo las buenas relaciones con la familia de mi hijo que, siguiendo los nuevos métodos pedagógicos, no desea crear problemas psicológicos en sus vástagos.

Este tipo de clientes, además, me obliga a aplazar una parrillada que planeaba hacer en casa el domingo, así que deberé decirle a mis amigos algo tan aproximativo como:

–Aplacemos la parrillada para el fin de semana próximo porque en éste «a lo mejor» viene una gente, entre las seis de la mañana del sábado hasta las doce de la noche del domingo, que «a lo mejor» comprará una escultura.
A esto mis amigos responderán que, «a lo mejor», el próximo fin de semana no podrán venir a la parrillada porque sus hijos de Maracaibo «a lo mejor» los irán a visitar.

Así que puede suceder que «a lo mejor» el domingo en la tarde, cuando ya estoy de mal humor porque los posibles clientes no han venido ni han llamado, aparezcan de golpe los otros amigos, los de la parrilla aplazada.

–¡Ay, Aldo, vinimos igual porque al final los muchachos de Maracaibo, los que dijeron que «a lo mejor» vendrían el próximo fin de semana, vinieron en éste y querían conocer tu taller! Son ellos tres y estos niños son nuestros nietos.
Y veo que sale del carro un millón de niños que inmediatamente comienzan a tocar las esculturas y exigir refrescos.

(Baje el relato completo)

 

UN RECUERDO PARA LA MESITA DE NOCHE (fragmento)

Una vez vino a visitarme un viejo amigo. Tenía más o menos mi edad, era ingeniero y descendía de una buena familia venezolana. Las dos parejas habíamos simpatizado desde hacía tiempo; mi esposa y yo con él y su señora.
Esta vez se me presentó con una joven que no era su mujer.

–Es la arquitecta Fulana –nos dijo–. Mi asistenta.

A mi esposa y a mí nos molestó. Gabriella era amiga de su señora y era evidente que allí había gato encerrado. La idea de que viniera a casa con una amiguita nos resultó de mal gusto. De todas formas comenzamos a pasar revista a las esculturas hasta que, en un momento dado, los hombres nos quedamos solos porque las dos mujeres se habían retirado para hablar de las increíbles cosas que logran conversar las mujeres aunque no hayan simpatizado.

–Aldo, a ti tengo que contártelo–, me dijo mi amigo con tono de confabulación, como si fuera un espía soviético.

–Ya sé, chico. Qué bolas tienes. Tú sabes que las mujeres se dan cuenta y a ninguna esposa le gustan estas cosas.

–¿Por qué? ¿Se nota?–, me preguntó alarmado.

– ¡Claro! ¿Por qué viniste con ella? ¿Acaso quieres que le haga un desnudo?–, le pregunté irónicamente, para aliviar su tensión.

–No, chico, déjate de vainas, como si no te conociera. Yo quiero otra cosa... Yo quiero... –Y comenzó a mirarme de una forma extraña, como mira un perro cuando sabe que ha hecho algo impropio–. Yo lo que quiero... yo... en realidad lo quiere ella...

(Baje el relato completo)

 

LA PATERNIDAD EN PUERTO ORDAZ Y SAN PEDRO EN ROMA (fragmento)

En 1992 se inauguró en Puerto Ordaz el monumento a la Paternidad. Esta escultura mía fue, según me dijeron, la más grande que se había modelado y fundido hasta entonces en Venezuela, aunque yo no estoy muy seguro de que sea cierto. De todas formas, sea yo merecedor de ese Guinness venezolano o no, sí es cierto que la fusión implicó ochocientos kilos de bronce y muchos problemas técnicos. Y, otra vez debido a las folklóricas interpretaciones de la administración del Estado, me la pagaron con mucho retraso e incluso todavía falta pagar una parte.

Pero eso no era lo que quería contar.

Pocos minutos antes de la inauguración se me acercó una muchacha, una periodista de un periódico local, para hacerme una entrevista. No sé por qué, quizás debido a un gnomo misterioso y juguetón que me incita a decir mentiras para burlarme benévolamente de mí mismo y de los demás, comencé a contarle a la periodista algo sobre las esculturas en Roma.

Y quién sabe por qué hablé de la estatua en bronce de San Pedro que está en la Iglesia de San Pedro en Roma. Fue fundida hace siglos y su pie derecho, casi desnudo en la sandalia de pescador, sobresale un poco del pedestal original, como invitación a los fieles para que lo noten. Y éstos lo han notado, por supuesto: durante siglos se han arrodillado frente a la estatua y han besado y acariciado el pie del Santo.

–Con el paso del tiempo el bronce se ha consumido –le decía yo a la pobre periodista que, con profesionalismo, anotaba todo en su libreta–, de modo que el pie de San Pedro en Roma prácticamente no tiene dedos. –Mi gnomo juguetón me obligó a decirle a la periodista que algo así sucedería con mi estatua de la Paternidad. La muchacha me miró inquisitivamente. Tenía un lindo pelo rubio que jugaba con los rayos del sol, aunque su mirada era circunspecta.

–Pero mi estatua no es la estatua de un santo –le aclaré–. Representa a un joven padre, un hombre robusto, desnudo, mostrando su fuerza y virilidad, que se arrodilla para levantar en sus brazos a su hijo. La estatua representa el amor paternal, es como un himno a la procreación.

La muchacha seguía anotando todo.

–Usted tiene que haber notado que en la estatua del padre está bien a la vista el miembro viril –continué. La muchacha tuvo unos segundos de indecisión, pero siguió escribiendo–. Según antiguas tradiciones griegas y romanas, la estatua de un hombre que representa la paternidad le trae suerte a las novias. Las que querían casarse o tener hijos se acercaban a ellas y le tocaban el miembro viril –la periodista parecía un poco nerviosa, pero seguía escribiendo impertérrita–, porque eso les traería suerte para conseguir un marido o tener descendencia.

(Baje el relato completo)

 

LOS SANTOS TESTICULOS (fragmento)

En 1995 un sacerdote católico que conocía desde hacía diez años fue a visitarme a mi estudio, no en carácter de ministro sino simplemente como amigo. Yo lo estimaba por la brillantez de su inteligencia que me permitía conversaciones libres de frenos dogmáticos.

Se detuvo frente a una escultura, un alto relieve de medianas proporciones, que había hecho no por encargo sino porque me había dado la santísima gana: un Cristo Resurgiendo. Quería que en la representación una de las piernas estuviera difuminada para darle profundidad al relieve del sujeto que salía de algo en movimiento hacia un determinado punto de perspectiva. Fue un estudio para mí, en cierto sentido una prueba de arte.

Al sacerdote le gustó mucho la escultura y le regalé un yeso.

Después de un tiempo apareció otra vez en mi estudio, en compañía de dos sacerdotes, un laico medio beato y otro laico tres cuartos de beato, para preguntarme si estaba en condiciones de reproducir ese mismo altorrelieve en mayores proporciones, de más de tres metros de altura, para el altar mayor de una iglesia. Dije que sí al instante.

Nos pusimos de acuerdo en el aspecto económico. El financiador era el laico tres cuartos de beato, lógicamente, con deseos de comprar una entrada segura al paraíso de los justos.

La escultura salió muy bien. Le gustó al párroco de la iglesia, a sus allegados y a los curiosos que pasaban por allí. Y se inauguró.

Una inauguración, para el caso de las imágenes religiosas o al menos de las cristianas y católicas, implica la consagración por parte del obispo. Para que la escultura se transforme en un objeto de culto es necesaria la intervención de un funcionario de la iglesia. Vino el obispo y, frente a mi escultura, los devotos comenzaron a arrodillarse, actitud que me causó cierta gracia.

Recibí felicitaciones de todas partes y volví a Caracas.

Un mes después me llamó el párroco de la Iglesia y me pidió que fuera allá para resolver un problemita de último momento.

Fui de inmediato, intrigadísimo.

El párroco me llevó al altar mayor donde mi Cristo Resurgiendo, majestuoso con sus brazos abiertos y las piernas sugiriendo movimiento, seguía resurgiendo. Aparentemente, no había nada de qué preocuparse.

El sacerdote me llevó, previa genuflexión, al fondo del altar. Pegó su cabeza contra la pared y, torciendo el cuello, me dijo:

–Verá, maestro. Yo sé que usted se va a reír, pero es que algunas de las señoras que acuden a la iglesia me dijeron que si uno se pone aquí, así, en esta postura en que estoy yo ahora, y mira hacia arriba, se pueden entrever, bajo el trapo sagrado que cubre la desnudez de Cristo, los Testículos del Salvador. Son muy abultados, además. Macor, usted tiene que solucionarnos este problema.

(Baje el relato completo)

 

EL PRESIDENTE Y EL EMPERADOR

Una vez vino a mi estudio un personaje importante. Nada menos que el Presidente de la República de un país suramericano.

Este presidente vino más de una vez, en alguna ocasión lo hizo solo, otras en compañía de su esposa. Era una persona que me caía bien y que, de paso, me encomendó más de un trabajo. Habíamos conversado mucho en mi estudio sobre todo un poco, mientras yo modelaba su busto.

En una oportunidad, para demostrarme que a veces los poderosos saben reconocer el valor de un artista, me hizo un cuento que, en realidad, yo ya conocía pero aparenté no recordar, pues como cortesía de mi parte no podía decirle «ah, sí, ya me lo sé», como si se tratara de un chiste.

Así que el presidente habló sobre una ocasión en que Tiziano le estaba haciendo un retrato a Carlos V. En esa época el retrato era un evento social y mundano y, naturalmente, mientras el Rey y Emperador posaba frente al maestro Tiziano, por allí merodeaban los personajes de la Corte. En un momento dado a Tiziano se le cayó el pincel y Carlos V, el Emperador, se levantó de su silla, se agachó, recogió el pincel y se lo ofreció a Tiziano con una sonrisa. Oh, gran maravilla, gran escándalo de la Corte en pleno. ¡Cómo es posible que Su Majestad el Emperador, el Ungido de Dios, recoja con Sus Manos el pincel de Tiziano, al fin y al cabo un plebeyo! A lo que Carlos V, que en efecto era emperador pero también un gran hombre, respondió enfáticamente:

–En este momento hay tres emperadores: Yo, el Gran Turco y el Emperador de la China. Pero Tiziano hay uno solo–, frase con la que acalló el cotilleo escandalizado de los cortesanos.

Cuando el Presidente terminó de narrar la anécdota, sonreí y entrecrucé una mirada con la señora del Presidente, la Primera Dama. Ella también sonrió por lo reportado por su marido, pero, quién sabe por qué, sintió que debía aclarar:

–Maestro, por si acaso, recuerde que usted no es Tiziano.

A lo que yo respondí de inmediato, instintivamente:

–Por supuesto, pero su marido tampoco es Carlos V, señora.

Unos segundos de silencio, algo de tensión, quizás, hasta que oí la carcajada del Presidente.

(subir)